HUÉSPEDES DEL AIRE

La ciudad es un universo complejo y cambiante, un gran escenario con infinidad de personas, de situaciones, de acontecimientos… donde su estructura urbana condiciona en gran medida el modo en el que sus habitantes se relacionan entre sí. Una de las paradojas más comunes en la vida del hombre es, sin duda, la de sentirse solo en la ciudad, donde se vive la contradicción de estar rodeado de multitud de congéneres que se chocan, se rozan, se huelen, se miran en cualquier lugar y sin embargo, percibir la indiferencia social en cada rincón de sus calles. Este aislamiento, se ve acrecentado además por infinidad de estímulos en nuestro hábitat: luces que se enciende y apagan, aglomeraciones, ruidos, tráfico intenso, obras, espacios agobiantes, gigantescas pantallas arquitectónicas… que crean una ciudad desdibujada que induce miedos, desconfianza, amargura y una sensación de vacío o de no pertenecer a ningún lugar.

Por otro lado, la sociedad del siglo XXI está profundamente definida por la revolución cibernética que ha modificado nuestras pautas y comportamientos generando un gran detrimento del tiempo dedicado al cultivo de las relaciones interpersonales, comprometiendo los modelos tradicionales de socialización. Así, el ser espiritual del hombre, está cada vez siendo más sustituido por el predominio de las máquinas. Fruto de esta revolución tecnológica, estamos inmersos en una nueva pandemia de deshumanización que está creciendo a ritmo vertiginoso, donde cada uno está encerrado en su mundo virtual, ignorando lo que acontece a su alrededor y aunque pasamos horas y horas comunicándonos a través de: whatsapp, twiter, facebook y otras redes sociales a través de una pantalla, somos incapaces de comunicarnos cara a cara en el mundo real, llegando a encerrarnos en una absurda soledad, convirtiéndonos en autómatas de las tecnologías.

Huéspedes del aire es una reflexión sobre la deshumanización y soledad que el ser humano contemporáneo vive fruto de las nuevas tecnologías y de las estructuras urbanas. Para expresar estos paradigmas, utilizo el desenfoque como forma conceptual, quedando los viandantes sin rostros, desfigurados, no reconocibles, ocultos en la negra sombra o en manchas de colores, ajenos a todo lo que les rodea. Se convierten así, en seres etéreos, evanescentes, irreales, abstractos que deambulan como espíritus sin rumbo fijo por espacios desdibujados e indefinidos en el más radical anonimato, donde el único rol que le corresponde es el de tan sólo transitar; metáfora visual de una sociedad sin alma.




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